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El calzado ortopédico o también llamado botas ortopédicas, constituye un motivo de preocupación frecuente en los padres, quienes al consultar al ortopedista, refieren que traen al niño para que le “mande botas ortopédicas”, una petición muy generalizada, que cada día tiene menos aceptación debido a que realmente no se ha podido comprobar la eficacia del calzado ortopédico en determinadas alteraciones en el niño que durante el crecimiento tienden a desaparecer en tanto que sí se ha demostrado que su uso es capaz de producir alteraciones y dolor.

El calzado que el niño debe usar debe ser confortable, flexible, de paredes delgadas, amplio, de buena apariencia y de material poco reactivo con la piel del pie, de manera que la marcha del niño sea un placer y no una tortura.

Cuando se indican “botas ortopédicas” desde que el niño comienza a caminar, estamos irritando al niño e impidiendo el desarrollo fisiológico normal del pie y de la marcha, debido a que las botas son pesadas, poco estéticas y rígidas.

Hoy en día, el uso del calzado ortopédico se encuentra restringido a muy pocas alteraciones como: Genu valgo severo, pie plano doloroso, marcha intra rotada importante, entre otros; en estos casos, debemos recordar que las pocas posibilidades de ayudar a la corrección del problema con las botas es siempre antes de los 5 años de edad.

Otro punto importante, lo constituye el hecho de determinar cuándo es el momento adecuado de cambiar el calzado, ya que de acuerdo a estudios realizados en nuestro país, el promedio de crecimiento del pie del niño venezolano es de 0,5 cm. cada 6 meses, período en el que se recomienda sustituir el calzado, a menos que por el uso continuo, pierda antes sus efectos de protección y confort.

Múltiples estudios en Estados Unidos, concluyen que los niños con los pies más sanos son aquéllos que habitualmente andan descalzos. Muchos científicos han fundamentado sus conclusiones en estudios antropológicos realizados alrededor del mundo, como el efectuado en China, donde se comparó a las personas que no usaban zapatos con las que sí usaban, y se concluyó que aquéllas que no usaban zapatos, poseían pies con mayor fuerza, flexibilidad y movilidad, al mismo tiempo que presentaban menos deformidades.

Así mismo, debemos tener en cuenta que el ser humano no es simétrico, es decir la mitad derecha no es exactamente igual a la mitad izquierda, por lo que es muy frecuente que tengamos una mano más grande y fuerte que la otra (generalmente la dominante), al igual que los pies, de los cuales siempre uno es más grande; en estos casos no es aconsejable comprar calzado de distinto número, primero por el factor económico, y luego por la posibilidad de que el niño no los acepte y se sienta incómodo al usarlos.

En cuanto al adolescente, el mejor calzado es aquél capaz de absorber los grandes impactos, producto de la gran actividad física que ellos realizan, de manera que el pie no sufra. Los dolores de crecimiento no mejoran con el uso del calzado ortopédico, más bien podemos observar una exacerbación de los mismos.
Lo importante es la evaluación individual de cada niño, para determinar cada caso en específico, y además tener la posibilidad de que los padres hablen con el especialista, para que les explique en forma exhaustiva la alteración que presenta el niño y las posibilidades terapéuticas.

Dr. Giuseppe Dipascuale
Médico Pediatra

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